Un grupo de personas en un claro, se disponen a comenzar el viaje.

El camino se dibuja hacia arriba. Todo lo que van a necesitar lo llevan recogido en su espalda en un pequeño saco colgado a los hombros. Están preparados para todo, las previsiones no son fiables a partir de cierta altitud, el tiempo es cambiante a cada segundo y se pueden suceder las cuatro estaciones del año en un mismo día. Lo que van a vivir va a resultar duro físicamente y las condiciones serán opuestas a lo que entendemos por comodidad. El objetivo es superar el relieve para llegar a lo más alto. En eso van a centrar sus esfuerzos. Remontar la diferencia de altura entre esta tierra y aquella de más arriba. Entre ambas está la experiencia, aquello que han ido a buscar.

Nadie es capaz de dar una respuesta clara cuando uno pregunta por las razones del viaje. Por aquello que van a encontrar. El titubeo es compartido, no hay motivos claros, no hay razones absolutas y objetiva que puedan dar una explicación convincente. El encuentro con lo salvaje, el reto físico y cierta sensación de comunidad con los compañeros son lugares comunes de entre lasposibles respuestas, que no acaban de satisfacer. Por otro lado se admite la aceptación de que una muerte violenta entra dentro de lo posible .Acaban de empezar a caminar en silencio, sus figuras son cada vez más diminutas sobre la pendiente.Pronto dejaremos de verlos.

La tierra se abrío como una fruta madura y de su interior comenzó a salir un líquido viscoso, palpitante, caliente.

El suelo que pisamos vivió durante mucho tiempo en un estado de agitación permanente. Piedra, arena y guijarros, nuestro planeta es sólo un montón de escombros en una búsqueda perpetua de orden y equilibrio. La tierra se mueve y (re)organiza una y otra vez en un espectáculo que se nos ofrece vetado a los humanos, a cámara tan lenta que somos incapaces de verlo. Los alpinistas caminan hacia el cielo peligrosamente siguiendo impulsos difíciles de identificar, la pendiente paraliza y el camino ofrece respuestas silenciosas, muestra de ruinas de otro mundo, testimonio de una historia desconocida, inalcanzable, que se mide en una escala de tiempo que resulta monstruosa comparada con la de los humanos, lo que nos hace incapaces de comprenderla en su plenitud a pesar de la ciencia.

La piedra en movimiento resulta imperceptible a nuestros ojos cansados

Su rastro, su composición, su tiempo de vida, de dónde viene y a dónde va, pueden explicarse con la razón y con el método científico; por el contrario, nos perdemos cuando intentamos ubicarnos a nosotros mismos en el proceso. Los alpinistas se sumergen en ella en su ascensión, a modo de representantes, mensajeros a las tierras altas. Su percepción se amplifica y se convierten en testigos de primera mano, contemplan el tiempo profundo y lo aprehenden con pasión en una experiencia alucinatoria que hace resonar en su interior una música antigua y extraña. Un baño de humildad tan útil para la más prepotente de las especies: los humanos. En cada pendiente rota, cada piedra caída, cada conjunto de piezas ordenadas de forma caprichosa, cambia el modo de representarse, el paisaje acaba y vuelve a comenzar en un ciclo infinito.

La montaña es inabarcable en su concepto y representación y las formas clásicas de capturarla no hacen sino demostrar una y otra vez esta particularidad. La estrategia pasa por la fragmentación. Los alpinistas se abren paso con dificultad a través de una composición gigantesca. Sus figuras en ascenso dibujan el trazo de su experiencia dentro de un paisaje en movimiento estático, que sólo puede imaginarse y ante el cual están indefensos. Esa fuerza etérea pero muy presente no admite diálogo, está por encima de todo, es invisible pero puede contener ciertas claves ocultas que ayuden a entender el resto de las cosas. Estetizar sus componentes significa un intento de comunicarse.

Los alpinistas contemplan ahora el abismo

El vacío es sólo un trozo de montaña que se ha desprendido, como un molde en negativo. El espacio que ocupan significa (sólo) en este momento estar en lo más alto. El cielo es limpio y transparente, sin nubes, lo que suele indicar temperaturas muy bajas. Están muy cansados aunque la mayoría de ellos hace tiempo que lo han olvidado.

Su triple viaje está llegando al final. Un desplazamiento en el espacio, de un lugar a otro de la superficie terrestre, apenas unos kilómetros por caminos plagados de obstáculos que salvar. Un movimiento en el tiempo hacia los orígenes, por lugares carentes de vida, hasta una cima que en otro tiempo fue fondo marino y que en otro tanto lo volverá a ser. Finalmente, el viaje interior, que los sitúa en el más grande de los mapas que podríamos encontrar, un mapa tan grande e inabarcable como el cielo que observan.

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